Dios es Mujer

De pequeño, perdón de niño, solía ser deliciosamente hereje y blasfemo. Fui adoctrinado bien por mi familia católica, perdí mi curiosidad innata por la fuerte e implacable presión familiar y social en la que viví. Los «chancludos» métodos funcionaron conmigo. Un día le pregunté a mi abuela porque en los mandamientos de la ley de Dios no exigía a las mujeres no desear el hombre de su prójima. No escuché respuesta alguna, solo sentí mi quijada estremecerse, vibró por instantes y duró desviada el tiempo suficiente para entender que mi duda no era adecuada. Mi abuela me ordenó pedir perdón, no a ella sino a Dios porque estaba excluido de la gracia divina ¡había cometido un pecado mortal!

Desde muy niño los fogosos deseos de preguntar se fueron mermando por el miedo. Pedí perdón a Dios, recé como se me dijo, pero no me sentí mejor, estaba frustrado. Escribí en un cuaderno con un lápiz ñoco “Si fuera Dios me orinaría en la humanidad”.  Lo curioso fue que muy pronto, en lugar de preguntarle a un adulto, empecé a preguntarme a mí mismo. A veces yo mismo me daba una cachetada y me ría como loco. Aún me río al recordarlo. Adopté la estrategia de apartarme para evitar que me expiaran. En mi inocencia tenía la esperanza de que Dios respondiera directamente mis preguntas o por lo menos, escuchar su voz como se decía en la biblia. Si Dios le habló a Adán, a Eva, a Moisés, a Josué, a David, a Daniel y hasta al pobre Job ¿por qué no a Enrique?

No recuerdo a ciencia cierta desde cuando empecé a sospechar que Dios era mujer. En mi ignorancia, salvo contadas excepciones, presentía que la mujer en la biblia estaba como ausente, acallada y que solo se hablaba de los hombres. Quizá Dios era mujer y dictaba normas para los hombres. Tampoco sé – muy probable – si esta inquietud tenga que ver con mis complejos no resueltos con mi padre biológico terrenal. Yo por ser hijo natural era considerado un bastardo. Un bastardo según me decían era un hijo fruto del pecado. Un pecado que ni el lavatorio del bautismo había limpiado.

Nunca comulgué con la idea del Dios castigador, juez supremo e implacable que se ensaña con las víctimas de su creación. Me aterrorizaban con Dios, aún intentan hacerlo ahora, ¡eres un incrédulo porque no tienes temor de Dios, arderás eternamente en el fuego del infierno miserable ateo pecador! Por eso es que le va mal en la vida, me dicen. Cuando reviso mi vida encuentro tantas bendiciones que solo me resta pedir un corazón agradecido. Si Dios es uno solo ¿por qué a los demás asusta y a mí me reconforta? Quizá soy su hijo bobo.

En mis fantasías infantiles y juveniles en quebradas, montes y potreros de Cachirí, me perdía en mis cavilaciones. Muchos pensaban que ya tenía novia y que esa era la causa de mi ostracismo. De cierta forma, alimentaba esa idea escribiendo poesías a mi amada ficticia, llevando la corriente, se burlaban de mí y yo me libraba de las cachetadas. Así éramos felices.

Si Dios fuera mujer

Hoy pensaba en mi madre, se llamaba Benedicta, a quien yo le decía de forma muy cariñosa “Mita” o “Doña Benedetti”. No la abrazaba con frecuencia, pero a veces la acariciaba de una forma extraña: pasaba mi dedo gordo del pie por su cabello, por el pabellón de su oreja, su cuello y su mentón. No era necesario decirnos nada entre los dos, eso era suficiente. En alguna oportunidad alguien de mi familia vio una escena de este tipo y sostuvo que eso era un irrespeto, una vulgaridad. Jamás lo entendí. Ahora entiendo que cada cual ve el mundo a través de sus propios ojos.

Hoy me volví a encontrar con el poema “Si Dios fuera mujer» de Mario Benedetti. Sigo pensando que Dios es mujer. Se pueden encontrar cachetadas contemporáneas para esa inquietud, como la de Justin Welby, arzobispo de Canterbury: «Dios está más allá de las concepciones humanas de género, a pesar de que todo el mundo se refiera a él de una forma masculina«.  Para mí una respuesta androcéntrica, sensata y evasiva.

Dios es mujer. La maternidad apunta al origen, al comienzo de la vida, a la familia, y a la fuerza de la creación. La ternura, la protección, la orientación y el amor proviene de un Ser Celestial que fomenta la vida, cuida lo frágil, acaricia lo pequeño. Un Ser que da valor a lo que ante los ojos de los humanos es considerado como inútil, lo cual es propio de una madre. Una madre que es flujo permanente de amor incondicional, en la que uno se siente sostenido y acariciado en una profunda e íntima relación que lleva a la verdadera fusión con la fuente de energía universal. Ese océano de infinitas posibilidades a la cual regresaremos pronto, de vuelta a casa, al seno de la madre nutricia.  

Juan Pablo I, ese papa flash, dijo en una de sus audiencias. “Dios es Padre, pero sobre todo es Madre.” Qué bonito, como él también decía, es bueno mandar de vacaciones al adulto y abandonarse a la ternura espontánea que tiene un niño y hablar con Dios.

A mi me han presentado a Dios como un padre, pero lo he experimentado como la ternura y la aceptación de una madre. Quizá André Manaranche tenga razón al decir que Dios es solamente padre cuando promete un amor de madre. ¿Es que no será madre el que como una gallina reúne a sus polluelos bajos sus alas?

Diarmaid McCulloch aseguró lo siguiente: «La razón por la que se ha visto a Dios como un hombre es simplemente por la jerarquía patriarcal de las sociedades antiguas. En ellas, todas las personas con poder del mundo grecorromano eran hombres. Por eso, usamos palabras como ‘señor’ o ‘rey’… El mundo ahora es diferente y tenemos que demostrar que nuestra visión de Dios es mucho más amplia que la que siempre ha imperado».

Finalmente he de aclarar que utilizo la teología metafórica para expresar mis pensamientos en este tema, resaltando el carácter poético e iconográfico del mismo. La metáfora es decir algo sobre lo desconocido a partir de la conocido; de hablar de lo que ignoramos a partir de lo que sabemos. Hablar de Dios como mujer-madre no es intentar definirlo como tal, es mi forma muy personal de hablar de ciertos aspectos y experiencias de mi relación con Él.